Las famosas etiquetas que nos ponen cuando somos chicos, sobre esas formas de ser que con inmensa espontaneidad surgen en nosotros, nos van fijando nuestra mirada sobre nosotros mismos en un solo punto. Nos conviene ser así, como nos ven, quizás porque deseamos que nos quieran. Si la etiqueta es negativa para el que la pone, trataremos de hacer lo contrario, solamente por lograr la aceptación del otro.
Así nos vamos formando, llenos de etiquetas por el cuerpo, que nos hacen prolijos o desprolijos, buenos o malos, ágiles o inútiles, sin darnos cuenta todas las posibilidades que, por ser fieles a ellas, perdemos en el camino.
Pero, la vida no es tan tolerante como aparentemente somos nosotros, y es por eso que tarde o temprano nos manda un cincel para comenzar a sacar todo ese mármol que nos recubre y nos ha hecho tan rígidos.
Una enfermedad, una perdida dolorosa, un trabajo que no se encuentra nos hace tocar fondo. De esa no podemos escapar. La paciencia cuelga sus botines y no quiere continuar siendo nuestro más fiel lazarillo.
El camino se esfuma en un bosque tenebroso. Ya no hay luz, ya no hay brújula. Estamos perdidos, ciegos, asfixiados, y detenidos frente a un acantilado de gran altura.
La alternativa es prácticamente nula. Solo nos queda saltar a un vacío desconocido. Querer hacerlo solo es una forma de suicidio. Ha llegado la hora de abrir nuestro corazón lleno de candados que anudan nuestros pesares, que atan nuestros miedos y que cierran nuestras gargantas. Ha llegado la hora de ser. Pidamos ayuda y la respuesta llegará.
Mária Berardi
