domingo, 2 de febrero de 2014

EL DOLOR DE LA PARTIDA


"Puedes llorar porque se ha ido o puedes sonreír porque ha vivido.
Puedes cerrar los ojos y orar para que vuelva o puedes abrirlos y ver todo lo que ha dejado.
Tu corazón puede estar vació porque no la puedes ver o puede estar lleno de amor que compartiste.
Puedes recordar de ella tan solo que se ha ido o puedes refugiarte en sus recuerdos y permitirle seguir viviendo.
Puedes llorar, encerrarte en ti mismo, sentir el vacio y dar la espalda o puedes hacer lo que a ella más le gustaría, sonreír, abrir los ojos, amar y seguir y seguir"

autor anónimo

viernes, 18 de octubre de 2013

CUANDO NOS MOSTRAMOS VULNERABLES

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Hay muchas formas de vivir. Y de eso se trata, de poder ir descubriendo cual es la nuestra. Pero cuando la encontramos, es difícil evitar querer convencer a quien nos quiera escuchar de cual es nuestra fórmula. Y es lógico, porque es tan intenso lo que se siente y tan certero que es complicado poder ocultarlo.
Si de ser vulnerables se trata, hay mucho para hablar, pero quizás no todo valga la pena. Para mí ser vulnerables es poder mostrarnos con todo lo que nos atraviesa. Que no siempre es lo más lindo, lo más puro, ni lo más atractivo. Pero sí es lo más verdadero.
La vida me ha puesto una vez más a prueba, frente a lo más débil que tenemos, nuestra salud. Ella no depende ni de nosotros, ni de los médicos ni de nadie. Solo depende de Dios y lo que él desee de nosotros. Pero más allá de eso, cuando ella está en juego, y sobre todo cuando de un ser muy querido se trata, el suelo tiembla, y sentimos que perdemos el equilibrio que nos sostiene. Y a lo mejor también empezamos a caer en un pozo sin fondo. Hay que reconstruirse. Y es ese estado, el que nos hace ubicar las cosas en los estantes, en orden de prioridad, poniendo adelante los libros con más sabiduría y atrás lo de las cosas mundanas, prácticas pero no tan fundamentales. El fondo se hace figura, y qué figura!!!
Mostrarnos o no mostrarnos, quizás sea esta la cuestión. Compartir, pedir, implorar o vivir en silencio nuestro dolor. Quizás sea bueno elegir un intermedio. Tiempos de retiro, de reflexión, de intimidad, donde podamos aprender un poco más quienes somos para reubicarnos, rearmarnos, redescubrirnos.
Pero también momentos de abrirnos a lo más infinito que existe, que es el amor que surge cuando dos personas se encuentran sin máscaras, sin escudos, sin defensas.
El milagro se produce en la mirada, en los gestos, en el recuerdo, en los silencios, en la prudencia, en la presencia, en la ayuda, en el misterio insondable de la oración y sus efectos.
Para el que cree, y por què no, para el que no cree, Dios se hace presente, invade, pacifica, dá esperanza, agranda el corazón, infunde paz, ayuda, confianza. El ego se hace fondo, y la presencia de Dios Amor, presente en nuestra familia, amigos, médicos y paramédicos nos serena y nos hace HOMBRES. Êsta es mi forma de vivir, y la comparto.
 
 GRACIAS A TODOS POR ESTOS DIAS DE TANTO AMOR.

Mária







viernes, 19 de abril de 2013

PERDONAR, UNA FORMA DE SANAR HERIDAS


 
Todos, una o muchas veces en la vida, hemos sentido que se han cometido injusticias con nosotros o nos hemos sentido víctimas de una situación que no hemos buscado. Quizás guardamos rencor en el fondo de nuestro corazón, un sentimiento que no nos deja tranquilos. Las escenas se repiten y a veces se paralizan frente a nuestros ojos y, por más que queremos, la voluntad no es suficiente para curar esas heridas.
Perdonar es un proceso que lleva tiempo y dedicación, abriéndonos a poder ver con detenimiento todos aquellos factores que provocaron el suceso. En este ir y venir del pasado al presente podremos sentir bronca reprimida, soledad, incomprensión, injusticia y muchos otros sentimientos que quizás por educación familiar o religiosa no pudimos expresar en su momento.
Pero nunca es tarde para poder, con distancia, repercibir los hechos comprendiendo las causas que lo provocaron. El enquistamiento en esa imagen congelada no nos permite vivir el presente y crea en nosotros una caparazón inmensamente dura que nos aleja cada día más de quien verdaderamente somos, irrumpiendo en nuestras relaciones actuales que quizás no logran comprender la razón de nuestro accionar.
Perdonar no es olvidar, no es justificar, no es recomponer relaciones, pero si es comprender, reparar y decidir que haré de ahora en más con esa persona y con mi propia vida, en relación al hecho que nos enojó.
Pero no siempre el hecho de comprender el comportamiento abusivo que sufrimos nos libera automáticamente del trauma, el desvalidamiento y el miedo que experimentamos en el pasado. Es necesario poder liberar todo aquello que quedó preso en nuestros músculos y en nuestra psique, que por no haber podido expresarse se fue transformando con el tiempo en enfermedades que llegan a ser crónicas. Y es así como aparecen comportamientos que se instalan en nuestra vida y que se convierten en formas de ser tristes, coléricas, indiferentes o abusivas, simplemente por proteger ese núcleo dañado de nuestro ser.
El trabajo sanador del perdón requiere coraje. Solo será posible encontrando un lugar donde podamos comenzar a animarnos a expresar y sentir esa rabia y culpa acumulada, lo que de a poco nos ayudará a sanar esas heridas  que nos impiden vivir en paz.
                                                               Mária Berardi
PROXIMO TALLER: EL PERDON, UNA FORMA DE SANAR HERIDAS. Ver info arriba a la derecha
 
 

lunes, 17 de septiembre de 2012

EL INEXPLICABLE MISTERIO DE HACERNOS NIÑOS


 


Hace veintidos años perdí, en el término de dos años, dos embarazos después de haber tenido tres hijas sin ningún problema. Quizás fue el primer gran golpe que me dió la vida, por lo que agradezco ahora que me haya protegido tanto. 
Hoy, leyendo en La Nación una carta que recibió Pampita Ardohain escrita por el poeta chileno Christian Warnken,a raíz de la muerte de su hija Blanca,  me sentí inmensamente identificada por lo que en ella decía.
Invito a leerlo antes de seguir:

Me acuerdo que en esos días había perdido el equilibrio, sintiendo mucha soledad, esa soledad que se clava en el alma mientras intentamos, solos, salir adelante. Movida quizás por mi creencia de "tener que sonreirle siempre a la vida", no le dí lugar a todos esos cuestionamientos que surgieron en lo más profundo de mi, acerca de la vida y de la muerte.
"Había que" reponerse por mis otras tres hijas, "había que" pensar que no era tan grave frente a otras personas que perdían un hijo ya más grande, "había que" pensar que pronto podría tener otro embarazo, había que, había que, había que.
En ese entonces yo era sorda. Sorda a todo aquello que me pasaba porque" los había que" ocupaban tanto espacio en mi cabeza, que nada que viniera de mi interior podía desplazarlos. Así fue, como este "acontecimiento" fue mandado a guardar en poco tiempo, vanagloriándose de mi rápido duelo, de mi facilidad para volver a estar bien, de mi capacidad para poner cada cosa en su lugar.  
Pero esos hijos luz, de la raza del Principito, como los llama el artículo, tienen mucha paciencia, mucho más de la que nadie se puede imaginar. Y ahí permanecen esperando que reaccionemos a su mensaje, conmovedor y movilizante, el que en algún momento nos hará reaccionar. Y desde ese lugar, en el que permanecen practicamente olvidados o silenciados, nos observan mientras que la vida nos dá otras oportunidades, que como éstas no están previstas, ni siquiera en lo más profundo de nuestros "hay que".

Pasaron veinte años prácticamente sin hablar de este hecho tan central y a la vez tan ignorado. Hace unos días, a raíz de una formación que estoy haciendo en psicogenealogía, pude integrarlo a mi vida consciente, visualizar mis hijos que, si bien no llegaron a nacer, estuvieron dentro mío y me dejaron ese gran mensaje, que yo por ignorancia o arrogancia desoí por tanto tiempo, callando el inmenso dolor que se instaló en mí.  Ese mensaje, que como tan bien describe Warnken me habían traído ellos a pesar de su corto paso por este mundo. Volver a ser niños, volver a no tener respuestas, volver a quedarnos con esa sensación de misterio insondable que nos hace sorprendernos frente a todo lo que sucede y nos supera. Esa fue la gran enseñanza que en ese momento tuve la oportunidad de integrar y que han sido necesarios veinte años y otros golpes más, para darle lugar. Ese milagro de nacer de nuevo, de renacer desde el dolor que nos deja sin palabras, sin esas palabras que a veces adormecen esa capacidad de sorpresa de la que tanto se aprende. De esas palabras que no tienen sentido cuando el dolor se vuelve protagonista. .Esas palabras que nos alejaron de lo profundo y oscuro del alma, donde, como dice el poeta, se encuentran  preguntas nuevas y limpias,como un árbol se llena súbitamente de pájaros. ¿Cuánto tiempo es necesario para empezar a ver esa luz blanca ,que tan bien describe, que viene junto a ese dolor? Para mí fueron necesarios veinte años, veinte años de negación, de sensaciones anestesiadas que me apartaron de ella, sin darme cuenta que era ella la que me ayudaría a encontrar ese lugar de paz, aunque el dolor permaneciera para siempre. Son los duelos mal vividos, son los oídos cerrados, son esas faltas de respeto hacía nosotros mismos que no nos dejan descubrirla y darle el lugar de privilegio ,que ella sin duda tiene, para volver al misterio que nos habita.
Pero no reniego contra este tiempo, simplemente agrego una pregunta más a las ramas de mi árbol lleno de pájaros: ¿cuánta paciencia  tenemos que tener , como la tienen nuestros hijos que se fueron antes que nosotros, para esperar nuestro despertar, sin apurarnos, simplemente estando ahí ,hasta el día que podamos descubrirlos rodeados de esa luz blanca y nombrarlos? 

miércoles, 5 de septiembre de 2012

EL ARTE DE SOLTAR



A veces, cuando llega el diario a casa y lo empiezo a leer, tengo ganas de cerrarlo y no dejarme atormentar por las terribles noticias que ahí encuentro. Me pregunto si es una forma de protegerme o qué, pero la verdad que últimamente he decidido no buscar todo aquello que me haga mal. Mi objetivo es vivir el presente lo más conectada posible y a veces todo lo que nos invade a nivel de información me hace fluir entre los recuerdos del pasado y las imágenes de un posible futuro que aún desconozco, alejándome de lo único que sé con exactitud que es lo que ahora me está pasando. Cuando logro establecerme en mi presente, puedo agradecer o empezar a ocuparme de todo eso que deseo cambiar para vivir mejor.
Pero no todo es tan terrible en el diario que recibo a la mañana, así que no me resigno a abandonarlo y sigo buscando entre sus páginas algo para rescatar.

Tal es el caso del artículo de Ana Maria Llamazares de hoy, en La Nación: "Esa vieja obsesión por controlarlo todo"
http://www.lanacion.com.ar/1505398-esa-vieja-obsesion-por-controlarlo-todo
 Con solo hacer cliq sobre el site pueden leerlo. Vale la pena. 

Y veo con sorpresa que ella nos explica con total claridad esa cruel cualidad que nos invade en este siglo en occidente y que nos ha llevado al lugar donde estamos y del que tanto nos cuesta escapar: la soberbia.
Ese terrible pecado que desde Adán y Eva ha llevado a los humanos a creer que todo lo podíamos hacer a nuestro criterio alejándonos de nuestra dimensión más elevada, aquella que nos conecta con nuestra trascendencia, con el todo del que somos parte. Hemos aprendido a salir a la orilla, a quedarnos ahí mirando como pasa la vida mientras gastamos toda nuestra energía en querer cambiarla.
Hemos aprendido a establecernos en el control en vez de la observación, esa que nos lleva a comprender el porqué de las cosas encontrando el sentido que ellas tienen más allá de lo que nuestros ojos ven. Fluir, esperar, confiar, mientras nos hacemos cargo de los sentimientos y emociones que nos atan y nos alejan del otro en forma desinteresada. Soltar para poder amar de verdad, soltar los miedos, las incoherencias atadas a esos obstáculos que nos hacen rígidos ,inconsistentes, egoístas y que no nos dejan ver más allá de nosotros mismos.
Para terminar un pequeño relato que quizás ejemplifique mejor lo que digo:
Al norte de la India cuando un elefante nace, se lo ata de un pie al tronco de un árbol. El intenta vanamente soltarse de la cuerda durante un tiempo hasta que renuncia a la lucha y acepta estar atado. Al término de algunas semanas continúan dejandole su pie en el aro, pero ya sin estar unido a la cadena ya que el elefante ha interiorizado el hecho de estar atado al árbol. Ni siquiera intenta huir. Hasta el fin de sus días queda prisionero de su creencia y de su hábito, aunque nada lo ate ahora al árbol.
Quizás esto nos sirva a nosotros también para ver cuales son esas ataduras que todavía nos cuesta tanto soltar para aprender a admirar.


jueves, 2 de agosto de 2012

ATREVERSE A CAMBIAR



No siempre somos dueños de nuestro destino. Digo no siempre porque a veces nos sentimos atrapados en obligaciones, trabajos que nos requieren muchas horas de nuestra vida, responsabilidades que nos cansan.
Sabemos que todo esto no contribuye a nuestra salud, sin embargo no encontramos salida. 
Encarar un cambio es resignificar nuestra historia. Es plantarnos frente a lo que nos desequilibra y tratar de encontrar una solución que restablezca la paz que buscamos.
¿Por qué nos cuesta tanto? ¿Son los miedos a perder ciertas seguridades o a abandonar nuestra torre de control o una posición lograda ?¿ O la dificultad para abdicar a una promesa de responsabilidad asumida sin haber medido todas sus consecuencias? ¿O simplemente la pereza de buscar otro camino?
Quizás es una cuestión de actitud, actitud interna diría, esa que se produce muy adentro nuestro cuando sentimos que algo no va más y soltamos las sogas que nos atan a ese delirio. Es plantarse en la proa de un barco y sentir los nuevos vientos que nos golpean la cara, y al respirar hondo esas ráfagas de aire renovado poder generar un espacio interior que reciba una nueva oferta.
Y la vida nos sorprende, y mucho. Nos trae soluciones no buscadas, impensadas, que prometen, que renuevan, que entusiasman. Solo es cuestión de soltar, de confiar, de creer.

Mária 

SANANDO HERIDAS



 Es recordar haber amado
sin recibir un duro golpe en el vientre
Es respirar sin las tensiones
de los sollozos reprimidos
Es tener la garganta libre
de un gran nudo de tristeza
Es salir de la larga incubación
del sufrimiento.
Es nacer a un mundo nuevo
hasta ahora insospechado.
Es ser capaz de vivir solo
sin sentirse abandonado.
                 (Jean de Montbourquette)


Cuadro de Aimé Morot "El Buen Samaritano" (Musée de Beaux Arts-Paris)