Hace veintidos años perdí, en el término de dos años, dos embarazos después de haber tenido tres hijas sin ningún problema. Quizás fue el primer gran golpe que me dió la vida, por lo que agradezco ahora que me haya protegido tanto.
Hoy, leyendo en La Nación una carta que recibió Pampita Ardohain escrita por el poeta chileno Christian Warnken,a raíz de la muerte de su hija Blanca, me sentí inmensamente identificada por lo que en ella decía.
Invito a leerlo antes de seguir:
Me acuerdo que en esos días había perdido el equilibrio, sintiendo mucha soledad, esa soledad que se clava en el alma mientras intentamos, solos, salir adelante. Movida quizás por mi creencia de "tener que sonreirle siempre a la vida", no le dí lugar a todos esos cuestionamientos que surgieron en lo más profundo de mi, acerca de la vida y de la muerte.
"Había que" reponerse por mis otras tres hijas, "había que" pensar que no era tan grave frente a otras personas que perdían un hijo ya más grande, "había que" pensar que pronto podría tener otro embarazo, había que, había que, había que.
En ese entonces yo era sorda. Sorda a todo aquello que me pasaba porque" los había que" ocupaban tanto espacio en mi cabeza, que nada que viniera de mi interior podía desplazarlos. Así fue, como este "acontecimiento" fue mandado a guardar en poco tiempo, vanagloriándose de mi rápido duelo, de mi facilidad para volver a estar bien, de mi capacidad para poner cada cosa en su lugar.
Pero esos hijos luz, de la raza del Principito, como los llama el artículo, tienen mucha paciencia, mucho más de la que nadie se puede imaginar. Y ahí permanecen esperando que reaccionemos a su mensaje, conmovedor y movilizante, el que en algún momento nos hará reaccionar. Y desde ese lugar, en el que permanecen practicamente olvidados o silenciados, nos observan mientras que la vida nos dá otras oportunidades, que como éstas no están previstas, ni siquiera en lo más profundo de nuestros "hay que".
Pasaron veinte años prácticamente sin hablar de este hecho tan central y a la vez tan ignorado. Hace unos días, a raíz de una formación que estoy haciendo en psicogenealogía, pude integrarlo a mi vida consciente, visualizar mis hijos que, si bien no llegaron a nacer, estuvieron dentro mío y me dejaron ese gran mensaje, que yo por ignorancia o arrogancia desoí por tanto tiempo, callando el inmenso dolor que se instaló en mí. Ese mensaje, que como tan bien describe Warnken me habían traído ellos a pesar de su corto paso por este mundo. Volver a ser niños, volver a no tener respuestas, volver a quedarnos con esa sensación de misterio insondable que nos hace sorprendernos frente a todo lo que sucede y nos supera. Esa fue la gran enseñanza que en ese momento tuve la oportunidad de integrar y que han sido necesarios veinte años y otros golpes más, para darle lugar. Ese milagro de nacer de nuevo, de renacer desde el dolor que nos deja sin palabras, sin esas palabras que a veces adormecen esa capacidad de sorpresa de la que tanto se aprende. De esas palabras que no tienen sentido cuando el dolor se vuelve protagonista. .Esas palabras que nos alejaron de lo profundo y oscuro del alma, donde, como dice el poeta, se encuentran preguntas nuevas y limpias,como un árbol se llena súbitamente de pájaros. ¿Cuánto tiempo es necesario para empezar a ver esa luz blanca ,que tan bien describe, que viene junto a ese dolor? Para mí fueron necesarios veinte años, veinte años de negación, de sensaciones anestesiadas que me apartaron de ella, sin darme cuenta que era ella la que me ayudaría a encontrar ese lugar de paz, aunque el dolor permaneciera para siempre. Son los duelos mal vividos, son los oídos cerrados, son esas faltas de respeto hacía nosotros mismos que no nos dejan descubrirla y darle el lugar de privilegio ,que ella sin duda tiene, para volver al misterio que nos habita.
Pero no reniego contra este tiempo, simplemente agrego una pregunta más a las ramas de mi árbol lleno de pájaros: ¿cuánta paciencia tenemos que tener , como la tienen nuestros hijos que se fueron antes que nosotros, para esperar nuestro despertar, sin apurarnos, simplemente estando ahí ,hasta el día que podamos descubrirlos rodeados de esa luz blanca y nombrarlos?