Todos, una o muchas veces en la vida, hemos sentido que
se han cometido injusticias con nosotros o nos hemos sentido víctimas de una
situación que no hemos buscado. Quizás guardamos rencor en el fondo de nuestro
corazón, un sentimiento que no nos deja tranquilos. Las escenas se repiten y a
veces se paralizan frente a nuestros ojos y, por más que queremos, la voluntad
no es suficiente para curar esas heridas.
Perdonar es un proceso que lleva tiempo y dedicación,
abriéndonos a poder ver con detenimiento todos aquellos factores que provocaron
el suceso. En este ir y venir del pasado al presente podremos sentir bronca
reprimida, soledad, incomprensión, injusticia y muchos otros sentimientos que
quizás por educación familiar o religiosa no pudimos expresar en su momento.
Pero nunca es tarde para poder, con distancia, repercibir
los hechos comprendiendo las causas que lo provocaron. El enquistamiento en esa
imagen congelada no nos permite vivir el presente y crea en nosotros una
caparazón inmensamente dura que nos aleja cada día más de quien verdaderamente
somos, irrumpiendo en nuestras relaciones actuales que quizás no logran
comprender la razón de nuestro accionar.
Perdonar no es olvidar, no es justificar, no es
recomponer relaciones, pero si es comprender, reparar y decidir que haré de
ahora en más con esa persona y con mi propia vida, en relación al hecho que nos
enojó.
Pero no siempre el hecho de comprender el comportamiento
abusivo que sufrimos nos libera automáticamente del trauma, el desvalidamiento
y el miedo que experimentamos en el pasado. Es necesario poder liberar todo
aquello que quedó preso en nuestros músculos y en nuestra psique, que por no
haber podido expresarse se fue transformando con el tiempo en enfermedades que
llegan a ser crónicas. Y es así como aparecen comportamientos que se instalan
en nuestra vida y que se convierten en formas de ser tristes, coléricas,
indiferentes o abusivas, simplemente por proteger ese núcleo dañado de nuestro
ser.
El trabajo sanador del perdón requiere coraje. Solo será
posible encontrando un lugar donde podamos comenzar a animarnos a expresar y
sentir esa rabia y culpa acumulada, lo que de a poco nos ayudará a sanar esas
heridas que nos impiden vivir en paz.
Mária Berardi
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