viernes, 30 de septiembre de 2011

VISITANDO A VAN GOGH



En la zona de Normandie, a una hora al noroeste de Paris, se encuentra el pequeño pueblo de Auvers sur Oise, donde murió Vincent Van Gogh en el año 1890. La triste historia de su vida empapa las callecitas empedradas que van subiendo las colinas que nos llevan a su tumba. Se encuentra enterrado al lado de su hermano Theo ,que fue quien lo acompaño y ayudó a lo largo de toda su vida. En este lugar Vincent pintó una inmensidad de cuadros en sus ultimos años, cuando la locura terminó dándole fin a su vida. Llegamos a Auvers sur Oise en auto, pero también lo podemos hacer en tren. . El pueblo tiene una pocas cuadras, asi que podemos recorrerlo todo a pie. Sobre la calle principal se encuentra l'Auberge Ravoux donde Vincent vivió en una habitación que se puede visitar . Otra visita interesente es el Château d'Auvers, donde se puede apreciar un espectáculo a través del cual se recorre el camino de los impresionistas , su evolución, rechazo y crecimiento. Todos los ambientes están decorados de época.. Vale la pena hacerlo.


Hay otros museos interesantes como el Museo de l'Absinthe que es la bebida alcohólica que dicen condujo a Vincent a su atroz final. Camino al cementerio está la Iglesia del pueblo que fue por él pintada, y los campos de trigo que también representó en sus telas.
Se puede almorzar en el Museo o en algun bar del pueblito o llevarse un picnic por si el tiempo acompaña
A veces encandilados por las luces de la gran ciudad nos perdemos la oportunidad de recorrer estos lugares de los alrededores de Paris, que tienen ese encanto indescriptible de toda Francia. Es un lindo paseo para hacer durante el día y distenderse un poco aprovechando para disfrutar de la naturaleza y de la historia de estas personas que hacen de Francia lo que es. A recordar !!!!!

Iglesia Auvers-sur-oise


Distancia desde París: 35 Km.
Dirección: norte.
Duración del viaje: 70 minutos en tren y autobús.
En coche: carretera A15 desde Porte de Clichy en París, salida nº7 a la carretera N184 (dirección Beauvais), salida Méry-sur-Oise.
En RER: línea A3 desde la Gare du Lyon o Châtelet-Les Halles (4.50€) hasta la estación de Cergy Préfecture, después autobús nº95-07 a Butry.
En tren: Desde la Gare du Nord o Gare de St-Lazare hasta Pontoise, donde se cambia al tren que va a Creil y para en Auvers-sur-Oise.
Bono de SCNF (adultos/niños 6-9 años, 14,80/8,70€) viaje de ida y vuelta a París y entrada al palacio incluidos.

¡Atención! La mayoría de estos lugares está cerrado en invierno.

Para preparar esta visita podemos leer alguna biografía de Van Gogh y disfrutar de algunos de sus cuadros en el Museo d'Orsay en Paris.  Ni que hablar si tenemos la oportunidad de visitar el Museo que lleva su nombre en Amsterdam, que es una maravilla.



viernes, 23 de septiembre de 2011

LA TOSCANA


Las piedras cargadas de historia que construyen las moradas de cada pueblo de la Toscana nos impregnan los sentidos de sensaciones únicas imposible de describir. Sus paisajes pintados con mil colores de otoño nos introducen en la mágia medieval que la atraviesa. Los invito a compartir el viaje que hace dos años hicimos por la Toscana ,sin incluir Florencia, que dejaré si Dios quiere para otra vez. Que lo disfruten

Mária

lunes, 19 de septiembre de 2011

EL PÁJARO CARPINTERO



Había una vez en un pueblo muy lejano, un coposo y viejo árbol, de esos que saben cobijar a todas las aves durante los calurosos días de verano. Sus hojas grandes y de color verde suave, abanicaban los nidos mientras que muchas hembras volaban a buscar alimento en otras tierras.
Había un solo pájaro que no lo abandonaba. Se trataba de un pájaro carpintero.
Ellos suelen buscar gusanos y bichitos bajo la corteza de estos árboles, golpeando con su duro pico en el tronco.Solía pasearse por sus ramas con aires de importancia disfrutando del privilegio de ser el único de su raza en este predio.
Un día advirtió que no estaba solo. Enfrente a su guarida descubrió otro árbol, muy parecido al propio, donde habitaba otra ave  de su misma especie, inmensamente bella, de negro plumaje color azabache, con su cabeza coronada por una cresta roja erguida. También golpeaba con su fuerte pico en el tronco, en forma insistente, logrando con lo que comía tener este aspecto tan llamativo y saludable.
El pájaro carpintero empezó a dudar de la riqueza del árbol donde él se abastecía, considerando que el otro pájaro había tenido más suerte que él. Fue así como decidió desalojar a su compañero de especie y nutrirse en esta rica fuente para lograr así mejor plumaje y colorido. Al principio fue solo un pensamiento, pero luego se convirtió en una obsesión. Comenzó a idear estrategias para echarlo, volando en las cercanías, lanzándose sobre él para asustarlo. Cada vez que decidía atacar el árbol, veía abalanzarse a su enemigo en la misma dirección, chocando con su pico al encontrarse. Picaba una o dos veces en este árbol tan especial, que le resultaba durísimo y del que era imposible sacar comida. Al sentir a su enemigo casi cuerpo a cuerpo regresaba a su casa por miedo a ser atacado.  Miraba su morada con recelo, nada le satisfacía y hasta dudaba de los alimentos que encontraba, aturdido por el deseo de ser como su rival.
Ya casi no comía. Se sentía debilitado y cansado. Le costaba volar.  
 Hasta que un día comenzó a darse cuenta que su compañero de especie, también había perdido el brillo de su pelaje y que ya su cresta no estaba tan erguida. Se envalentonó entonces, imaginando que era ahora cuando más posibilidades tenía de ganarle la batalla y por fin poder lograr comer del árbol tan deseado. Dudada de sus fuerzas, pero así y todo, tomó envión una vez más, seguro de obtener el triunfo.

Esa noche no volvió a su guarida. Sus vecinos de otras ramas,  preocupados esperaron hasta el alba su regreso. A la mañana siguiente vieron que en la casa de enfrente, una mujer con una escoba y una pala recogía, bajo las ventanas de vidrios espejados donde se reflejaba su árbol, el cuerpo muerto de nuestro pájaro carpintero.

Mária

miércoles, 14 de septiembre de 2011

HILOS DE AMOR



En los acantilados de la costa bretona, había una profunda cueva, donde muchas veces se refugiaba una mujer a llorar sus penas. Tenía un cuerpo encorvado a costa de arrastrar durante toda su vida su pesada cabeza, que la llevaba atada a una gruesa cadena de hierro.Sufría por si misma y por la desgracia de estar  partida en dos. Estaba rígida e insensible al viento y a la lluvia. Ya casi no sentía el dolor. Había quedado así, después de una infancia encerrada en una celda de un palacio, a raíz de unas faltas cometidas contra el rey.
Una vez grande la habían liberado, pero nunca más pudo colocar su cabeza en su lugar.Sus lágrimas corrían por sus mejillas sin prisa, pero también sin pausa, mientras que trataba de encontrar respuesta a sus desdichas. ¿Desdichas eran? Quizás no, pero las nubes espesas y negras del horizonte no le dejaban ver el sol que quería asomar por atrás, a toda costa. Decidió refugiarse en su cueva para no ser vista y ahí esperar que algún día alguien le diera una respuesta.


Una noche se quedó dormida y tuvo un sueño.
Un príncipe del mar llegaba en un velero desde lejos. Su capa de armiño le cubría el cuerpo esbelto y musculoso que denotaba su bravura en las batallas marítimas. Las velas desplegadas al viento para acelerar su ruta, mostraban la majestuosidad de su navío, propio de un hombre como él. Tenía unos pies grandes, como enormes patas de rana, que le servían para nadar y unos brazos largos y rudos que usaba  para abrazarse a los mástiles en las tormentas. Su melena larga le caía sobre los hombros con gran peso mientras que un mechón dorado le cubría sus enormes ojos negros a través de los cuales podía hablar.
La mujer estaba en la playa cavando un pozo muy profundo, porque un día en otro sueño un ángel le había dicho que ahí encontraría el pañuelo para secar sus penas.
Con sus pequeñas y frágiles manos excavaba el pozo sacando las piedras y la arena con cuidado para que no se desmoronaran sus paredes. Parecía no cansarse y su ceño fruncido marcaba el ahínco de su búsqueda.
El príncipe al verla desde lejos, deseó conocerla. Aproximó su nave y lanzó un enorme ancla de hierro para encallarla. Descendió con cuidado, porque sus enormes patas de rana eran buenas para nadar pero no para caminar sobre terrenos que no le eran propios. Se acercó a ella, quien no se había percatado de su presencia por estar concentrada en su tarea. Con sus enormes ojos negros la miró atento hasta descubrir sus lágrimas que caían en el fondo del enorme pozo que había cavado. Ahí se formó un pequeño charco de cristalino líquido donde se reflejaron ambos rostros. Con sus masculinas manos, curtidas por el viento tocó su mejilla. La mujer levantó su cabeza y vio que estaba entera. Lucía una túnica de lino blanca, que marcaba su delicada figura. Su piel tersa y suave, hacia estremecer las hojas de los árboles que no dejaban de temblar al verla. La luna había salido e iluminaba su larga cabellera de rizos dorados. Era bella, muy bella.
Levantó su rostro sorprendida tratando de entender que había ocurrido. Miró nuevamente en el fondo del pozo y se descubrió una vez más, bella, tan bella como jamás hubiera imaginado ser. El príncipe acarició nuevamente su mejilla y sin dudarlo la besó. Su cuerpo tembló con sus caricias y su corazón palpitó por primera vez. Una corriente eléctrica le atravesó las venas y la sangre comenzó a correr a toda prisa.
Sus labios se engrosaron, sus pechos insinuaron su deseo, mientras que su piel aterciopelada y sus rizos dorados brillaban, una vez más,bajo los rayos del sol naciente .. Se besaron y se amaron hasta el amanecer, como si siempre se hubieran conocido.
Al despertar del sueño, volvió al pueblo que la había visto crecer. Parecía un ángel llegado del cielo. La gente se agolpaba en las puertas de las casas para verla pasar. Los niños tocaban su vestido de lino blanco que parecía nieve recién caída. Los ancianos acariciaban su cabellera que parecía de seda.
Nadie la reconoció. Llevaba en su mano un pañuelo bordado con hilos de amor. 

Mária



INCOMPRENSIBLES CONTRASTES




Catedrales esculpidas en el hielo
azules como cobalto embravecido
por tus grietas asoma un grito de socorro                
que se esfuma de la base hasta la cima

Al oír caer los trozos en el agua
se estremece mi alma dolorida
e imágenes de las torres desplomadas
interrumpen la paz que ahí anida



¿Será posible el contraste que se enfrenta?
el odio, que nos quita el aliento,
la paz quebrada para siempre
las armas y las mentes corrompidas
que no duermen programando la desdicha

y aquí mismo, esta mole silenciosa
que manifiesta que el creador aún confía
nos regala místicos momentos
para poder escribir aquí
nuestra propia melodía

Mária
(escrito el 4 de octubre del 2001, en Los Notros, frente al Glaciar Perito Moreno a días del atentado de las Torres Gemelas)

DULCE DE MEMBRILLO




Cuando el dulce de membrillo era comprado, no me gustaba. 
Mientras que regresaba del colegio, los viernes al mediodía, iba imaginando el aroma que impregnaría la casa de mi abuela esa tarde. Ella sabía que a mi me gustaba el dulce de membrillo casero y que también me resultaba una fiesta ver su preparación.
Las frutas, las elegíamos juntas en la verdulería de la cuadra de su casa, en Peña entre Azcuénaga y Uriburu. Don Emilio, su dueño, las ponía en el cajón, sobre la vereda, inclinadas a unos cuarenta y cinco grados para que la perspectiva resaltara su perfección en color y forma.
 -Lo mejor para Ud. Madame. Se los elegí especialmente en el mercado esta mañana, le decía a mi abuela con voz melosa y estirada , relojéandola de arriba abajo,  para piropearla con pretexto.
 -Que elegante se vino hoy. Me gusta su pañuelo.
Y mi abuela, lo miraba de costado entre agradecida y cansada de escuchar siempre lo mismo. Y con un simple “Buenas tardes y gracias, don Emilio”, me tomaba de la mano y desaparecíamos de su vista, ya listas  para enfrentar nuestra tarea.
Al llegar a su casa, sacaba los membrillos y yo ya empezaba a saborear lo que se venía. Pelarlos no era fácil. El cuchillo solía enredarse entre la pulpa dura del fruto y la cáscara, y mientras que ésta se enrollaba  en  forma circular,  iba cayendo al tacho de basura. A veces, yo la atrapaba en el aire y la tiraba para atrás. Decían que la letra que se formaba al caer al piso, sería la inicial del chico que me gustaba. Y a veces coincidía. Luego cortaba con cierta dificultad los cascos, cuadrados y parejos, con movimientos lentos, como en una ceremonia y los iba tirando en un bowl. Rescataba las semillas, negras, chiquitas y muy pero muy brillantes. Tenían una forma oval, siendo más panzonas de un solo lado. Las ponía sobre una gasa, que estaba un poco amarillenta de tanto uso, junto a algunas cáscaras, atajadas antes de caer en mis manos. Hacía con ellas un paquetito y lo colgaba con un gancho de metal del borde de la cacerola. La llenaba de agua, y al fuego un buen rato.
 -El agua, a ojo, no hay cantidad precisa para esto, murmuraba mientras vertía el líquido. Este paso, era de vital importancia para el resultado final de la receta, porque gracias a él, se lograría la jalea. Después de una media hora de hervir y hervir, sacaba el atadito, un poco ajado de tanto calor y en ese jugo, ya aromatizado por los ingredientes, tiraba los membrillos cortados.
 -Medio kilo de azúcar por kilo de fruta, solía repetir cada vez, como pensando que yo me iba a olvidar de semejante dato importante. La cacerola era de aluminio, siempre lustrada como espejo, con virulana y jabón blanco. Tenía dos asas de bronce gruesas a los costados para levantarla. La tapa estaba medio abollada en un costado pero parecía no importarle. Luego, con cuidado, la apoyaba  sobre un calentador a kerosén que tenía en la cocina. Era negro, enlozado con unas pintitas blancas salpicadas sin orden.
 -El fuego parejito, es el secreto, terminaba diciendo.Y ahí comenzaba ese movimiento acompasado que de rato en rato, iba mezclando primero el almíbar y luego esa mezcla espesa que uniría los pedazos. Cuando lograba un color bordeaux oscuro, con una espuma al tono bailando en su superficie al compás del zumbido del calentador,  lo sacaba del fuego y lo dejaba enfriar.
            Ya a la noche, antes de dormirnos nos servíamos un poco y nos sentábamos a paladear ese sabor denso, un poco empalagoso pero de textura suave que se formaba con el jugo. Los cascos quedaban tiernos aunque al morderlos su exterior ofrecía resistencia a los dientes. Ese fondo ácido que se sentía luego del sabor dulzón del principio era lo que me animaba a seguir probando.Si le colocaba crema para suavizarlo ya era otra cosa. Como cambiaba de color por un rosado pálido sentía que el manjar ya no era el mismo. Lo prefería puro, elegante y tentador en su aspecto, bravo y atrapante en su sabor. Al tragar la  jalea espesa, que a mi me gustaba más que morder los trozos, se acariciaba mi garganta que se había puesto tensa de tanto desearlo.

Mária
(En homenaje a Mamenia, mi abuela paterna)

EL AMOR


Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.
Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.

Extraído del cuento El amenazado, de Jorge Luis Borges
SONETO

Si para recobrar lo recobrado

debí perder primero lo perdido,
si para conseguir lo conseguido
tuve que soportar lo soportado,


si para estar ahora enamorado
fue menester haber estado herido,
tengo por bien sufrido lo sufrido,
tengo por bien llorado lo llorado.


Porque después de todo he comprobado
que no se goza bien de lo gozado
sino después de haberlo padecido.


Porque después de todo he comprendido
por lo que el árbol tiene de florido
vive de lo que tiene sepultado.
.

Francisco Luis Bernárdez, poeta argentino, periodista y diplomático,

viernes, 9 de septiembre de 2011

APRENDIENDO A CONFIAR

Cuando hablamos de límites, normalmente pensamos en limites de espacio, el que necesitamos para no sentirnos invadidos. Respetar los límites no siempre es fácil. Observamos al otro, decidimos lo que el otro necesita desde nuestras propias necesidades, invadimos el espacio ajeno con nuestra acción y esto normalmente nos trae problemas.
Pero hay otros límites que tambien son necesarios respetar . Y son los límites de tiempo, ese que se requiere para que el proceso de cada uno madure.
Cuando uno es padre o madre, vé la vida de sus hijos desde su propio balcón, que normalmente está más arriba del que habita su hijo. Y esto nos trae apremio, impaciencia e insolente exigencia de que ellos apresuren sus ritmos, transgredan su propio límite y procedan como nosotros pensamos que deben proceder porque nuestra perspectiva ya es más amplia y supuestamente esto nos trae sabiduría. Ahorrarles el proceso para que no sufran, de eso se trata.
Quizás sin darnos cuenta estamos cometiendo un abuso, el abuso propio del que le cuesta ponerse en los tiempos del otro.
Esto lleva a la rebeldía o al simple, educado alejamiento. Mucha cercanía produce lo que no deseamos: que el otro se aparte para tomar aire, para poder decidir sin influencias, para poder escucharse, para saber encontrarse a si mismo. Algunos necesitan cruzar fronteras, conocer otras formas de vivir, ampliar su mirada y su forma de pensar, porque sus límites se han estrechado tanto que se siente ahogado.
¿Pero qué pasa con nosotros,los padres? ¿Qué pasa con nuestro amor, que por momentos asfixia por temor a perder lo que más queremos? Respetar los límites del otro, respetar los tiempos necesarios para su ir y venir, para probar, para mirar, para comparar, para finalmente elegir lo que cada uno necesita, es un acto de madurez. Dolorosa madurez, la de tener que soportar la terrible aflicción que nos ocasiona ver que un hijo se va, que camina por senderos oscuros, por experiencias peligrosas, frecuentando amistades que nos dán miedo. Ocuparnos de todos estos sentimientos, aceptarlos, abrazarlos, compartirlos pero nunca negarlos es parte del camino propio para poder establecer ese límite que también nosotros necesitamos para no contaminarnos con el proceso ajeno. De esa forma, y a pesar del dolor que este tiempo de prudente distanciamiento nos provoque, lograremos establecer, a la larga, una relación mucho más profunda, sincera y amorosa a partir de la confianza que depositemos en que todo se dará en el momento justo.

Fragmento del monumento "Madre con hijo muerto"" de Kate Kollwitz en el interior de la Nueva Guardia en Berlin