En los acantilados de la costa bretona, había una profunda
cueva, donde muchas veces se refugiaba una mujer a llorar sus penas. Tenía un
cuerpo encorvado a costa de arrastrar durante toda su vida su pesada cabeza,
que la llevaba atada a una gruesa cadena de hierro.Sufría por si misma y por la
desgracia de estar partida en dos. Estaba
rígida e insensible al viento y a la lluvia. Ya casi no sentía el dolor. Había
quedado así, después de una infancia encerrada en una celda de un palacio, a raíz
de unas faltas cometidas contra el rey.
Una vez grande la habían liberado, pero nunca más pudo
colocar su cabeza en su lugar.Sus lágrimas corrían por sus mejillas sin prisa, pero también
sin pausa, mientras que trataba de encontrar respuesta a sus desdichas. ¿Desdichas
eran? Quizás no, pero las nubes espesas y negras del horizonte no le dejaban
ver el sol que quería asomar por atrás, a toda costa. Decidió refugiarse en su cueva para no ser vista y ahí
esperar que algún día alguien le diera una respuesta.
Una noche se quedó dormida y tuvo un sueño.
Un príncipe del mar llegaba en un velero desde lejos. Su
capa de armiño le cubría el cuerpo esbelto y musculoso que denotaba su bravura
en las batallas marítimas. Las velas desplegadas al viento para acelerar su
ruta, mostraban la majestuosidad de su navío, propio de un hombre como él. Tenía
unos pies grandes, como enormes patas de rana, que le servían para nadar y unos
brazos largos y rudos que usaba para
abrazarse a los mástiles en las tormentas. Su melena larga le caía sobre los
hombros con gran peso mientras que un mechón dorado le cubría sus enormes ojos
negros a través de los cuales podía hablar.
La mujer estaba en la playa cavando un pozo muy profundo,
porque un día en otro sueño un ángel le había dicho que ahí encontraría el
pañuelo para secar sus penas.
Con sus pequeñas y frágiles manos excavaba el pozo sacando
las piedras y la arena con cuidado para que no se desmoronaran sus paredes.
Parecía no cansarse y su ceño fruncido marcaba el ahínco de su búsqueda.
El príncipe al verla desde lejos, deseó conocerla. Aproximó
su nave y lanzó un enorme ancla de hierro para encallarla. Descendió con
cuidado, porque sus enormes patas de rana eran buenas para nadar pero no para
caminar sobre terrenos que no le eran propios. Se acercó a ella, quien no se había percatado de su
presencia por estar concentrada en su tarea. Con sus enormes ojos negros la
miró atento hasta descubrir sus lágrimas que caían en el fondo del enorme pozo
que había cavado. Ahí se formó un pequeño charco de cristalino líquido donde se
reflejaron ambos rostros. Con sus masculinas manos, curtidas por el viento tocó
su mejilla. La mujer levantó su cabeza y vio que estaba entera. Lucía una
túnica de lino blanca, que marcaba su delicada figura. Su piel tersa y suave,
hacia estremecer las hojas de los árboles que no dejaban de temblar al verla. La luna había salido e iluminaba su larga cabellera de rizos dorados. Era
bella, muy bella.
Levantó su rostro sorprendida tratando de entender que había
ocurrido. Miró nuevamente en el fondo del pozo y se descubrió una vez más,
bella, tan bella como jamás hubiera imaginado ser. El príncipe acarició nuevamente
su mejilla y sin dudarlo la besó. Su cuerpo tembló con sus caricias y su
corazón palpitó por primera vez. Una corriente eléctrica le atravesó las venas y la sangre
comenzó a correr a toda prisa.
Sus labios se engrosaron, sus pechos insinuaron su deseo, mientras
que su piel aterciopelada y sus rizos dorados brillaban, una vez más,bajo los rayos del sol
naciente .. Se besaron y se amaron hasta el amanecer, como si siempre se
hubieran conocido.
Al despertar del sueño, volvió al pueblo que la había visto
crecer. Parecía un ángel llegado del cielo. La gente se
agolpaba en las puertas de las casas para verla pasar. Los niños tocaban su
vestido de lino blanco que parecía nieve recién caída. Los ancianos acariciaban su cabellera que parecía de seda.
Nadie la reconoció. Llevaba en su mano un pañuelo bordado con hilos de
amor.
Mária

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