Cuando el dulce de membrillo era comprado, no me
gustaba.
Mientras que regresaba del colegio, los viernes al
mediodía, iba imaginando el aroma que impregnaría la casa de mi abuela esa
tarde. Ella sabía que a mi me gustaba el dulce de membrillo casero y que también me resultaba una fiesta ver su preparación.
Las frutas, las elegíamos juntas en la verdulería de
la cuadra de su casa, en Peña entre Azcuénaga y Uriburu. Don Emilio, su dueño, las ponía en el cajón, sobre la
vereda, inclinadas a unos cuarenta y cinco grados para que la perspectiva
resaltara su perfección en color y forma.
Y mi abuela, lo miraba de costado entre agradecida y
cansada de escuchar siempre lo mismo. Y con un simple “Buenas tardes y gracias, don Emilio”, me tomaba de la mano y
desaparecíamos de su vista, ya listas para enfrentar nuestra tarea.
Al llegar a su casa, sacaba los membrillos y yo ya
empezaba a saborear lo que se venía. Pelarlos no era fácil. El cuchillo solía enredarse
entre la pulpa dura del fruto y la cáscara, y mientras que ésta se
enrollaba en forma circular, iba cayendo al tacho de basura. A veces, yo la atrapaba en el aire y la tiraba para atrás. Decían que la letra que se formaba
al caer al piso, sería la inicial del chico que me gustaba. Y a veces coincidía. Luego cortaba con cierta dificultad los cascos, cuadrados y parejos, con movimientos
lentos, como en una ceremonia y los iba tirando en un bowl. Rescataba las
semillas, negras, chiquitas y muy pero muy brillantes. Tenían una forma oval,
siendo más panzonas de un solo lado. Las ponía sobre una gasa, que estaba un
poco amarillenta de tanto uso, junto a algunas cáscaras, atajadas antes de caer
en mis manos. Hacía con ellas un paquetito y lo colgaba con un gancho de metal
del borde de la cacerola. La llenaba de agua, y al fuego un buen rato.
Ya a la noche, antes de dormirnos
nos servíamos un poco y nos sentábamos a paladear ese sabor denso, un poco
empalagoso pero de textura suave que se formaba con el jugo. Los cascos
quedaban tiernos aunque al morderlos su exterior ofrecía resistencia a los
dientes. Ese fondo ácido que se sentía luego del sabor dulzón del principio era lo
que me animaba a seguir probando.Si le colocaba crema para suavizarlo ya era
otra cosa. Como cambiaba de color por un rosado pálido sentía que el manjar
ya no era el mismo. Lo prefería puro, elegante y tentador en su aspecto, bravo
y atrapante en su sabor. Al tragar la jalea espesa, que a mi me gustaba más que
morder los trozos, se acariciaba mi garganta que se había puesto tensa de tanto
desearlo.
Mária
(En homenaje a Mamenia, mi abuela paterna)

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