Había una
vez en un pueblo muy lejano, un coposo y viejo árbol, de esos que saben cobijar
a todas las aves durante los calurosos días de verano. Sus hojas grandes y de
color verde suave, abanicaban los nidos mientras que muchas hembras volaban a
buscar alimento en otras tierras.
Había un
solo pájaro que no lo abandonaba. Se trataba de un pájaro carpintero.
Ellos
suelen buscar gusanos y bichitos bajo la corteza de estos árboles, golpeando
con su duro pico en el tronco.Solía
pasearse por sus ramas con aires de importancia disfrutando del privilegio de
ser el único de su raza en este predio.
Un día
advirtió que no estaba solo. Enfrente a su guarida descubrió otro árbol, muy
parecido al propio, donde habitaba otra ave de su misma especie, inmensamente bella, de
negro plumaje color azabache, con su cabeza coronada por una cresta roja
erguida. También
golpeaba con su fuerte pico en el tronco, en forma insistente, logrando con lo
que comía tener este aspecto tan llamativo y saludable.
El pájaro
carpintero empezó a dudar de la riqueza del árbol donde él se abastecía,
considerando que el otro pájaro había tenido más suerte que él. Fue así como
decidió desalojar a su compañero de especie y nutrirse en esta rica fuente para
lograr así mejor plumaje y colorido. Al principio fue solo un pensamiento, pero
luego se convirtió en una obsesión. Comenzó a idear estrategias para echarlo,
volando en las cercanías, lanzándose sobre él para asustarlo. Cada vez que decidía
atacar el árbol, veía abalanzarse a su enemigo en la misma dirección, chocando
con su pico al encontrarse. Picaba una o dos veces en este árbol tan especial,
que le resultaba durísimo y del que era imposible sacar comida. Al sentir a su
enemigo casi cuerpo a cuerpo regresaba a su casa por miedo a ser atacado. Miraba su morada con recelo, nada le satisfacía
y hasta dudaba de los alimentos que encontraba, aturdido por el deseo de ser
como su rival.
Ya casi no
comía. Se sentía debilitado y cansado. Le costaba volar.
Hasta que un día comenzó a darse cuenta que su
compañero de especie, también había perdido el brillo de su pelaje y que ya su
cresta no estaba tan erguida. Se envalentonó entonces, imaginando que era ahora
cuando más posibilidades tenía de ganarle la batalla y por fin poder lograr
comer del árbol tan deseado. Dudada de sus fuerzas, pero así y todo, tomó
envión una vez más, seguro de obtener el triunfo.
Esa noche
no volvió a su guarida. Sus vecinos de otras ramas, preocupados esperaron hasta el alba su
regreso. A la mañana siguiente vieron que en la casa de enfrente, una mujer con
una escoba y una pala recogía, bajo las ventanas de vidrios espejados donde se
reflejaba su árbol, el cuerpo muerto de nuestro pájaro carpintero.
Mária

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