domingo, 6 de mayo de 2012

EL CASAMIENTO DE MI HIJA



 
"Madre" de Joaquín Sorolla (pintor español  1863-1923)



Me resulta raro lo que siento. Es inhabitual, diferente, inesperado.  Tiene que ver con el casamiento de mi hija. Me habían dicho que era movilizante, pero nunca pensé que lo fuera de este modo. Soy de esas personas que aún creen en el amor para toda la vida, y también de las que les gusta sellarlo en una ceremonia religiosa preparada con mucho esmero desde varios meses atrás. Y en eso pareciera que ella y yo coincidimos.
 Pero luego, viene la fiesta, la gran fiesta que es como un ritual, minuciosamente organizada, para que no falte ni un detalle. Pareciera que si no es así no hay boda. Hasta he llegado a escuchar que no se casan porque no pueden hacer la fiesta. ¿Qué raro no? porque me pregunto: ¿qué tendrá que ver la fiesta con todo lo que nos espera después durante los años juntos?
Aunque podría decir que la fiesta es una suerte de carnaval antes de la cuaresma. Un “carne vale” antes de la verdadera vida. Una despedida y una bienvenida a la vez. Un festejo, una celebración para que esta decisión no pase desapercibida. Es así, y no hay vuelta que darle. Y ahora me tocó a mí eso de ir atrás de la novia preguntando presupuestos, eligiendo cotillones, vestidos, maquillajes y peinados que pasan de algo sofisticadísimo a lo más simple que a uno se le puede ocurrir, para que este bautismo matrimonial tome forma y lugar.Por suerte casi todo lo organizan los novios, diría todo, pero yo me he convertido en una fiel testigo de todas sus decisiones. Mucho no se puede opinar, pero lo mismo opino.  Y es que no puedo dejar de hacerlo, por más que me contenga y me ate la boca con piolín. Es que por momentos entro en una confusión profunda. Porque más allá del cansancio que me trae ir atrás de la novia de acá para allá, mientras me abanico los sofocos de la edad, hay otras sensaciones que me acompañan. Las imágenes que me bailan frente a los ojos no pueden ser más polares. De pronto no sé si soy yo la que se casa o es ella. Pareciera que su realidad se mete en mi propio cuerpo y con total resolución y protagonismo me veo opinando sobre todo como si fuera mío. Que esto se puede pintar de azul o que acá se puede poner esta mesa o que esta cacerola es más resistente que esta otra. Consejos sobre la convivencia, la importancia que tiene ejercer la paciencia, la tolerancia y la comprensión. Es como si toda mi experiencia se concentrara en mi cabeza como un manual de instrucciones para la nueva vida. Como que la transmisión de todo este saber fuera imprescindible para que ella pueda ser feliz.
Y me miro a mi misma y me digo ¡ojo! Es ella la que se casa. Y es ahí donde reacciono saliendo de esa burbuja de confusión. Paso de una charla profunda con otra mujer hecha y derecha a verme con ella sobre mi pecho recién nacida. Es ese momento del reencuentro de nuestras miradas, cuando su llanto cesó al escuchar los latidos de mi corazón y por primera vez nos reconocimos.  Como si ese encuentro hubiera sido el signo del sosiego. Aquí í estoy! Y aquí estaré  para siempre.
Y estoy cumpliendo con ese compromiso que me eché encima hace tanto tiempo. Porque eso que dicen que cuando uno se convierte en madre, no se puede nunca más despegar de su rol, es la pura verdad. Pero ahora, estoy frente a ese crucial momento de abandono del nido. Y no es que yo desaparezca para siempre, o mi hija parta a un mundo desconocido que yo jamás podré visitar. No es así, pero algo de eso tiene.
Ya hace unos años que no vive conmigo, se arregla sola, va y viene sin preguntar cómo, pero esto del casamiento es algo diferente. La sensación es vaga, es confusa, produce desconcierto por momentos, miedo y a la vez ilusión. Siento que la suelto de mi mano y la acompaño con mi mirada para siempre. Que con ella se van mis consejos, mis retos, mis advertencias, mis reconocimientos a sus esfuerzos y logros, mis estímulos, mis miradas cómplices, mis miradas preocupadas, en fin mis miradas. Siento que me despido de esa parte de ella que creí me pertenecía y la entrego a otro desafío, a otra persona que tomará mi posta para construir con ella su propio nido. Las historias se nivelan y la vida nos pone en paralelo. Ya no es madre e hija, sino dos personas que se enfrentan a una realidad similar y en ese ir y venir juntas se recorre, se explora, se confronta, se perdona, se comprende. De golpe se ha hecho grande. De golpe me despido. Ya es ella quien toma sola su propio rumbo y yo, ahí quedo, como la burra atada al árbol de la vida confiando más que nunca en que el destino hará lo suyo a partir de ahora.

Mária

4 comentarios:

  1. Muy bueno tu escrito como siempre, y adorè la imagen que le agregaste. Es una mamà seguramente recièn parida y haciendo su cuarentena, como antes se hacìa. 40 dìas de camison y en casa, conociendose con su hija/o. Y me imagino, abuelas, tias revoloteando por ahì. Y tambièn me imagino al buen medico acercandose a esa casa, donde lo reciben con un vaso de agua y respeto. Ojala Flor pueda empezar su vida de mamà, algun dia, de esa manera.

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    1. si, ojala, porque es muy lindo
      Sorolla, es uno de mis pintores preferidos. Me fascina como capta los sentimientos
      gracias!!!!!

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  2. Querida Mària,
    Gracias por compartir cada palabra.
    Me emociono mucho leerte. Y pensaba, cuanto movilizan las palabras dichas con el corazon y en completa coneccion con los sentimientos!
    Me alegra ver que estes viviendo este gran momento con tanta intensidad.
    A seguir disfrutando mucho...
    Un beso grande.

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    1. gracias connie, ya te llegara este momento algun dia, por ahora segui disfrutando de tus pollos besos

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